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Bigfoot

Viernes, Noviembre 5th, 2010

Bigfoot

Bigfoot

Los expertos en la materia siempre han preferido hablar sobre las características que han hecho de “Bigfoot”, el Yeti estadounidense, un apacible gigante de los bosques – un ser en contacto con la naturaleza que huye del contacto con los humanos, aún cuando dichos encuentros siempre han sido motivo de temor para estos últimos.

Ante la pregunta: ¿ha sido alguien malherido o muerto por uno de estos seres?, la respuesta preferida es que se han dado casos de testigos rasguñados por las criaturas peludas, además de incidentes en los cuales Bigfoot ha optado por mostrar sus colmillos de manera agresiva sin tomar acción adicional. Sin embargo, lo cierto del caso es que han transcurrido encuentros cercanos negativos con este género de criaturas, que han demostrado su capacidad de hacer daño tanto a animales como a seres humanos – en varias ocasiones, de manera letal.

La fallecida investigadora B. Ann Slate detalló los ataques padecidos por un número de granjeros estadounidenses durante la década de los ‘70. Entre ellos se encontraba Bob Calusinsky, quien se hallaba cosechando maíz en el mes de agosto de 1974 cuando de repente “alguien” le propinó un golpe tremendo al hombro derecho. Las altas mazorcas de maíz no le permitieron ver a su atacante, aunque esa misma tarde, Calusinsky y sus compañeros se apercibieron de una criatura de más de siete pies de altura, con ojos rojos y cubierta de pelo pardo que corría a través del cultivo, dejando un olor pestilente en el aire. Slate también investigó el caso de un joven fotógrafo, John Sohl, quien recibió un golpe fortísimo que le hizo recorrer 15 pies de distancia en el aire, mientras que intentaba tomar una fotografía de un “Bigfoot” en una cantera desierta del condado de Citrus, en la Florida, en 1976. Estos Yetis pendencieros se distinguían por su estatura promedio de seis pies, mucho más baja que la de sus congéneres en el noroeste o noreste de los EE.UU. Sus colores oscilaban del pardo al negro y del blanco al gris. En los lagos pantanosos de la Florida – apuntó Slate – existían seres más pequeños aún: estatura promedio de cinco pies, orejas chicas, colmillos visibles y pies con seis dedos.

Algunos casos:

En el mes de mayo de 1976, un Yeti con pies de tres dedos se dedicó a hostigar a la familia de Donald Duncan, un ranchero de la Florida. El Yeti arrancó de cuajo los postes de la verja del rancho, destrozó inmisericordemente los conejos pertenecientes a la familia y desgarró un perro “Doberman”, rompiéndole el pescuezo con una fuerza descomunal. La familia Duncan decidió, por fin, mudarse del rancho cuando el Yeti mató un caballo pura sangre que pesaba más de 1.500 libras, arrastrándolo por la quijada desde el pastizal hasta el patio de la casa.

Más dramáticas aún resultan las pesquisas de Dennis Pilichis, reconocido investigador forteano, quien detalló a cabalidad los sucesos casi dantescos que tomaron lugar, sin provocación alguna por parte humana, durante la oleada de avistamientos de “Bigfoot” en el verano de 1981 en el estado de Ohio.

En el mes de mayo de 1981 (nótese la continua aparición de este mes en los casos de Bigfoot) cierto número de residentes en las cercanías de Rome, Ohio, se convirtieron en víctimas de una serie de ataques concertados por los seres peludos: marcas de garras de una pulgada y media de profundidad aparecieron en el costado de un caballo empleado para tirar vagones de leña recién cortada; una gallina y varios patos pertenecientes a un granjero aparecieron mutilados, sus cadáveres rodeados por pisadas enormes e impresiones de garras en la tierra. El protagonista de esta horripilante odisea lo sería un granjero llamado Robert S., quien sostendría una serie de encuentros armados contra un sinnúmero de criaturas de distintos tipos que se dedicaron a sitiar su propiedad desde el 25 de
junio de 1981 hasta el octubre del mismo año. Durante la primera fatídica noche, una enorme figura negra de ojos rojos que andaba en cuatro patas, parecido a un gorila, comenzó a emitir una serie de gritos en el pinar al frente de la casa de Robert S., quien no dudó en dispararle un solo balazo con su escopeta 4-10. El ser comenzó a lloriquear antes de huir a toda prisa del lugar.

Robert S. y sus hijos estimaron que la criatura tendría unos 9 ½ pies de estatura, con pelo largo e hirsuto, y los ojos tendrían el tamaño de una bola de béisbol, rojos y con luz propia.

Tres días más tarde, la casa sería asediada por un numero de siluetas humanoides negras, envueltas en un aura azul, que esgrimían unos haces de luz color azul oscuro en dirección de la casa. Los miembros de la familia se montaron en un tractor para acercárseles, cuando descubrieron que los seres peludos estaban en
segundo plano. Abrieron fuego contra ellos desde el vehículo, librando una batalla que duraría hasta la siguiente mañana.

Este altercado tuvo por resultado la intervención del comisario del condado de Ashtabula, quien levantó un informe detallado, fechado el 28 de junio de 1981, sobre la “actividad sospechosa” que se desempeñaba en los parajes circundantes a la granja de Robert S.

La Atlántida ( Parte 2)

Lunes, Noviembre 1st, 2010

La Atlántida

Manuscritos tibetanos

¿Cómo obtuvo Blavatsky esta información?

Según ella, lo hacía accediendo a los registros Akásicos mientras entraba en trance y consultaba antiguos manuscritos tibetanos, o bien recibía los dictados de sus guías espirituales, los Mahatmas. En su obra fundamental, La doctrina secreta, recogía extractos de uno de esos manuscritos, Las Estancias de Dzyan (Ed. Sirio), que Blavatsky afirmaba haber visto en un monasterio de los Himalayas. Un discípulo suyo, W. Scott-Elliot, también recopiló mucha información por esa vía. En su libro, Historia de la Atlántida (1896), ofrecía fechas concretas de los diversos cataclismos que la destruyeron y aseguraba que había ocupado la mayor parte del actual océano Atlántico. Su cronología geológica resultaba ser absolutamente inviable, pero algunas de sus propuestas merecen consideración.

Según él, la Atlántida se extendía desde la actual Groenlandia hasta la mitad de la actual Sudamérica y durante su larga existencia estuvo habitada por subrazas (así llamadas para distinguirlas de las siete razas raíces, a su vez divididas en siete). Los lemurianos habrían medido más de 3,5 metros de estatura y algunos de sus descendientes pervivirían en algunas zonas del planeta, como Africa y Australia. Según esta fuente, los atlantes evolucionaron a partir de los lemurianos. Entre sus subrazas se contaban los primeros sernitas y mongoles, pero la principal subraza regente de la Atlántida habría sido la tolteca, que conquistó el continente. Antes de la destrucción final, un grupo de iniciados toltecas emigró a América y Egipto.

John A. West demostró que la erosión sufrida por la Esfinge de Giza no se debía al viento del desierto, sino a la acción de la lluvia. Tal hallazgo suponía datar la Esfinge en al menos 9.500 de antigüedad, en vez de 4.500 como se creía. Una obra de tal magnitud sólo pudo haberse construido con unos conocimientos arquitectónicos, astronómicos y matemáticos de una cultura muy anterior a la egipcia. Algo semejante podría decirse de la arquitectura de Tiahuanaco, construida supuestamente por los toltecas que emigraron a América. Pero la cuestión de las razas atlantes propuestas por los teósofos no termina aquí.

El ariosofista Jörg Lanz von Liebenfels (1874-1954), uno de los que mayor influencia parece haber ejercido en la primitiva ideología del nacional-socialismo alemán, compartía las creencias de los teósofos sobre Lemuria y la Atlántida, pero fue más allá que ellos en relación con las razas y subrazas atlantes.

Von Liebenfels comenzó comparando favorablemente la antropogénesis ocultista de Blavatsky con los hallazgos de la paleontología contemporánea. No tardó en afirmar que había descubierto la fuente de todo el mal en el mundo y el significado auténtico de las Escrituras, incluidas las ocultistas, como Las Estancias de Dzyan. El resto vino por añadidura. Según él, la octava estancia se refería a cómo los primeros lemurianos -andróginos- se dividieron en dos sexos y atrajeron el castigo divino al engendrar monstruos con otras especies, atractivas pero inferiores: «Tomaron animales hembras muy bellos, pero descendientes de otros que no tenían ni alma ni inteligencia. Engendraron monstruos, demonios malvados». Según Von Liebenfels, la cuarta raza raíz atlante se había dividido en diversas subespecies puras y bestiales, correspondiéndose éstas con los primeros antropoides y los monos antropomórficos: «El error fatal de los descendientes de los antropoides (hombres-dioses), la quinta raza raíz de los arios -homo sapiens- habría sido mezclarse repetidamente con los descendientes de los monos (hombres-animales». En relación con esto último, el investigador Nicholas Goodrick-Clarke señala en Las raíces ocultas del nazismo que «la consecuencia fue la creación de varias razas mixtas, que -según el protonazi Liebenfels- amenazaban la autoridad sagrada de los arios en todo el mundo». Las raíces de la eugenesia nazi se encuentran aquí, e ideas similares han persistido entre aquellos visionarios de la Atlántida que se han atrevido a hablar de sexo. La canalizadora Ingrid Bennett lo ha hecho.

Gracias a la ayuda de sus guías y ayudantes espirituales -entre ellos Nube Blanca y Águila Blanca-, esta sanadora y médium holandesa, afincada en Nueva Zelanda desde niña, ha canalizado muchísima información sobre su pasada vida en la Atlántida como «Guardiana del Cristal». En sus informes ofrece datos sobre la vida íntima de los atlantes: «Las relaciones sexuales era muy activas y nos mantenían sanos. El sexo era tan importante como el comer y el dormir. Algunos tenían relaciones con animales o con seres mitad humanos mitad animales, como los centauros».

La perversión de las costumbres en la última etapa atlante no se limitó sólo a la práctica del bestialismo, sino también a la de la magia. Ésta terminó por minar su sociedad, según asegura, entre otros muchos, Daphine Vigers en Atlantis Rising (1952): «Hace unos 10.000 años, los egoístas dirigentes de la Atlántida perdieron interés en el progreso científico y su respeto por el antiguo conocimiento desapareció. A medida que éstos dedicaban sus energías a peligrosas prácticas ocultas, la magia negra reemplazó gradualmente a la religión».

Diversos autores han afirmado que la causa del desastre final se debió precisamente a la práctica de la magia, pero otros lo han atribuido a su avanzada tecnología, la cual les habría permitido manejar poderosas energías cosmotelúricas que acabaron escapando a su control y provocaron un gran desequilibrio en la Naturaleza.

Según Scott-Elliot, la tercera raza atlante -los toltecas- eran gigantes. Medían 2,5 metros y vivían en la fabulosa Ciudad de las Puertas Doradas, una gran urbe circular con canales, la misma que el sacerdote egipcio Solón describió a Platón. Era muy similar a la Khorsabad amurallada del rey Sargón II, en Sumeria, que estaba enterrada bajo las arenas en tiempos del filósofo griego. También se parecía a la capital de los aztecas en México y a la de los incas en Perú, que Platón desconocía. Era, según la descripción de este último, una ciudad circular con palacios, puertos y dársenas. Los recintos de tierra estaban amurallados y recubiertos de metales: el primero de bronce a modo de barniz, el segundo de estaño y la acrópolis de oricalco, un metal hoy desconocido que relumbraba como el fuego. Esta ciudad tenía también numerosos templos dedicados a diversas deidades, muchos jardines, piscinas al aire libre, gimnasios, cuarteles y un hipódromo gigantesco cuyo circuito, de un estadio de largo, discurría en círculos concéntricos. La parte de la Atlántida que daba al mar se describe como llena de acantilados, pero en la ciudad central había una campiña rodeada de montañas.

Este edificio ha sido descrito con bastante detalle por el visionario F. S. Oliver en su obra Caminante entre dos mundos (1952): tenía forma piramidal y en su interior había grandes cristales colgando del techo que creaban un efecto de luz especial. Una plataforma elevada de granito rojo ocupaba el centro del templo y poseía un gran bloque de cuarzo cuyos destellos no dañaban la vista, pero producían un fuego útil para las cremaciones y sacrificios.

Excepto por la citada ciudad, los atlantes no solían construir grandes urbes debido a su impacto medioambiental. Según expone Murry Hope en su obra Practical Atlantean Magic (1991), sus comunidades eran pequeñas y las casas construidas hace unos 12.000 años eran circulares. El psíquico Dale Walker, por su parte, indica que «construyeron grandes torres como faros cerca del mar… Templos de gran belleza llenaban la Tierra. En ellos, la combinación de luz, color, sonido, magnetismo y energías de pensamiento se canalizaban mediante cristales para hacer maravillas en el campo de la sanación». Este no es el único dato que aporta Walker sobre la forma en que los atlantes ejercían la medicina. Sus informes van mucho más allá: «Cuando era preciso, los sacerdotes sanadores conectaban con las mentes de los pacientes para conseguir que las células del cuerpo se separaran, dejando al descubierto el órgano enfermo. Las células a su alrededor se soltaban y forzaban al órgano hacia la superficie del cuerpo, donde el sanador lo tomaba y lo introducía en una cámara de rejuvenecimiento. Las células rejuvenecían solas… No había dolor ni sangre ni traumas». Esta información no es la única capaz de despertar escepticismo respecto a lo que nos cuentan sobre la civilización atlante. Sin embargo, existen otras aportaciones mucho más interesantes, como la de Cayce, el vidente que nos ha dejado el mayor legado psíquico sobre la Atlántida.





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